UN ROSCÓN INOLVIDABLE (#17 de la Serie: Ejercicios de escritura)

Entraron a curiosear porque era un sitio nuevo. Aún tenía el letrero de «Gran Inauguración» sobre la puerta de vidrio que tintineaba cada vez que la abrían. Una cara sonriente apareció detrás del mostrador.

–¡Hola, bienvenidos! 

Su acompañante, que nunca desperdiciaba una oportunidad para practicar las tres únicas palabras en español que conocía, respondió:

–¡Hola! ¿Cómo estás? 

Por su parte, ella se limitó al hola con una emoción contenida porque desde que entraron sus ojos no podían dejar de pasearse por todos los mostradores donde se exhibía una variopinta selección de panes y bollerías ¡como las de su país! Panes dulces y salados, redondos y alargados, con copos de azúcar, ralladura de coco, rellenos de dulce de guayaba, pastelitos, pastas secas, pan sobao, pan francés, campesino… Tenía más de tres años que no veía esos panes y dulces tradicionales que le traían tantos recuerdos. 

Él notó su emoción y le dijo que pidiera lo que quisiera. ¡Ah, cómo decidir! Así la consentía cada vez que podía. Intentaba compensar con esos gestos sus largas ausencias laborales que solo lo traían a casa una semana al mes. 

Estaban a punto de pagar cuando sus ojos se detuvieron en tres cajas rectangulares al final del mostrador. Reconoció el diseño y el color púrpura de la tapa sobre la que estaba pintada una gran estrella  blanca y un paisaje de fondo donde se visualizaban las sombras de tres esbeltas figuras en camello. Sí, era el mismo roscón de Reyes que había querido comprar tres días atrás en una panadería italiana, pero por su gran tamaño y costo, terminó yéndose con las manos vacías, primero, porque era muy grande para ella sola, y segundo, porque se sentía culpable de darse ese costoso gusto cuando era la única que estaba en casa para celebrarlo. El día de Reyes ya había pasado pero se había quedado con un halo de tristeza por no haberlo podido celebrar como quería, cosa que pasaba con frecuencia con muchas de sus festividades estando tan lejos de los suyos y de su tierra. 

Movida por una instintiva curiosidad, le preguntó a la joven sobre esas cajas peculiares sobre el mostrador. 

–Sí, son roscones de Reyes que se nos quedaron. Mi jefe dice que vea qué hacer con ellos. ¿Quieren uno? 

–¿Cómo así? 

–Pues, los íbamos a regalar a quienes lo quisieran, ¿quieren llevarse uno? 

Tres días después del 6 de enero, en una cena íntima acompañada de anécdotas y risas, ella pudo, finalmente, comer y compartir un roscón en el país adoptivo. Un regalo de Reyes que no olvidaría.


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Nueva York, 11 de enero de 2024
(Ejercicio para el Taller de escritura «Merry Grinchmas» con Lena Yau)

CUENTA REGRESIVA (#16 de la Serie: Ejercicios de escritura)

Pensamientos que caben en un suspiro… Diez… Negro. / León. / Solemnidad. / Los dedos de mis pies hundiéndose en la arena. / Para algunos, la nota mínima para pasar; para otros, la nota máxima. / Un pasticho. / Dormir a mis anchas. / La mesa. / Un diez es solo un uno y un cero. / No esperes por el momento perfecto porque nunca llega. Nueve… Gris. / Dinosaurio. / Paciencia. / El mago Gandalf de El Hobbit. / Las nueve vidas de un gato. / Los nueve planetas en nuestro Sistema Solar antes que sacaran a Plutón de la lista y ahora no puedo desaprenderlo. / Un huevo milenario. / Todas las pirámides que conocí sin ser «Las Pirámides». / Canadá. / Una vez que llegas a la cima, te toca bajar. / Deja de planificar. Ocho… Rojo. / Dragón. / Alegría./ La risa de un bebé. / El infinito acostado. / Hombre de nieve. / Un mochi. / El chavo del ocho. / Hong Kong. / Te mudarás tantas veces que un día caerás en cuenta que las cosas a las que le tenías tanto apego no te hacían falta. / Deja de aspirar por la casa o la cocina soñada; igual serás feliz. Siete… Verde. / Delfín. / Ave fénix. / Agradecimiento. / Un arcoiris. / El repicar de una campana. / Lundi, mardi, mercredi, jeudi, vendredi, samedi, dimanche… el calendario en francés que me traje de Montreal que se quedó sobre la cabecera de mi cama de la infancia el resto de su vida. / Gelatina con muchas capas de colores. / Tardes de domingo frente a la playa. / Cumaná. / Respira, respira, respira. / No hacer una lista de propósitos. Seis… Azul celeste. / Mariposa. / Ni fu, ni fa. / Ser promedio. / Una autopista interminable. / Una papilla. / El cielo abierto. / Dormir la siesta. / En la lancha, a medio camino entre Cumaná y Araya. / Las alegrías pasan, las tristezas también. Se aprende a vivir con ellas. / No hacer dietas; STOP! Cinco… Amarillo. / Estrella de mar. / Armonía. / Mis manos extendidas, cinco dedos que se duplican. / Cinco sentidos. / Desayuno, almuerzo y cena; dos meriendas entre comidas. / Mirar el cielo estrellado en el patio de la casa de mi infancia. / Un castillo. / Caminar sin rumbo también se vale. / Tómate todo el café que se te antoje. Cuatro… Azul. / Caballo. / Nostalgia. / Un cuadrado. / Una brújula. / Un sándwich de pan de molde. / Un libro. / El balcón de un hotel frente al mar. / Todo lo que hagas te servirá algún día. / No te duermas temprano si el libro está muy bueno. Tres… Ámbar. / Medusa de mar. / Introspección. / Una cascada. / Los tres reyes magos. / Té con limón y miel. / Hermanito, hermanita y yo. / Una iglesia. / Un arbolito. / Si llegaste hasta tres, puedes seguir adelante. / No hay que aprenderlo todo, pero sí hay que aprender a desaprender. Dos… Blanco. / Gato. / Alegría diluida. / El sonido del silencio. / El paso que se te adelantó antes de llegar a la recta final. / Vainilla. / Una manos entrelazadas. / Un puente. / Con los años se aprende a conceder. / No sentirme mal por comerme la segunda ración. Uno… Colorless. / Un pez. / Paz. / La punta del iceberg. / La música de un violín. / Un helado sundae. / El último escalón. / Todas las casas donde viví. / El tiempo es infinito; mis días son las noches de otros. / Las estaciones pasan sin calendario. / Y aquí vamos otra vez…
¡FELIZ AÑO NUEVO!


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Nueva York, 22 de diciembre de 2023 
(Ejercicio para el Taller de escritura «Merry Grinchmas» con Lena Yau)

CARTOGRAFÍA DE ALGUNAS COMIDAS CALLEJERAS (#15 de la Serie: Ejercicios de escritura)

    Cazuela de mariscos en el mercadito de Cumaná. Mis jóvenes tías universitarias se rebelaron un día contra la comida china casera de mi abuela. Como no pudieron deshacerse de mí, aceptaron llevarme a cambio de mi silencio. En la casa nunca se enteraron. El plato con esencia de mar fue un verdadero descubrimiento para mi desentrenado paladar infantil, pero el sabor de la aventura prohibida fue el condimento que la hizo inolvidable. Nunca más me comí una cazuela de mariscos tan especial. 

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    Pollo asado en El Guapo. Un viaje en carretera de Cumaná a Caracas con el coro y las monjas del cole porque íbamos a participar en un evento de cuyos detalles no recuerdo. Estaba en el 5to grado de primaria y fue la primera vez que me sentí «independiente» porque viajaba sin la tutela de mi familia. En el trayecto de ida nos paramos en El Guapo a almorzar. Ya más grande, cuando comencé a viajar por otros rincones del mundo, la imagen de esa niña de 10 años no deja de acompañarme y los aromas de un pollo asado siempre me llevan de vuelta a los viajes por carretera por el oriente de Venezuela.

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    La primera vez cenando sin compañía. En un Applebee's en Washington D.C. Una cosa es comer sola cuando estás esperando en una estación de tren o en un aeropuerto o cuando estás montada en un medio de transporte público. Otra muy distinta es entrar a cenar sola en un restaurante con servicio en mesa. Tampoco es lo mismo ir a desayunar o a almorzar por tu cuenta que ir a cenar sin compañía. Aún no he logrado conciliar el sentimiento de consternación y de querer hacerme invisible que me acompañó durante toda la velada. No recuerdo lo que comí, pero esa amarga sensación quedó grabada en mi memoria, aun cuando terminé cenando muchas veces sin compañía después de esa primera vez.

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    Mi primera comida de iftar (así se llama la comida que rompe el ayuno a la puesta del sol durante el mes de Ramadán) –sin estar ayunando. Ocurrió en el asiento trasero de un taxi neoyorquino con el entonces novio, hoy día esposo. Fue allí cuando hice consciencia que habíamos pasado la etapa del dating a una relación mucho más seria.

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    Pollo kebab. En una calle con mucho tráfico en Bangladés. Nunca olvidaré el «desafío» que se nos presentó al tener que cruzar una calle terroríficamente caótica por unos kebabs en una especie de «pasillo del hambre» que quedaba justo al frente del centro comercial en el que estábamos. La solución final, no sé si llamarla ingeniosa o vergonzosa, fue cruzarla montada en un rickshaw. Nunca más volví a ver un kebab con los mismos ojos.

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    Jhalmuri. En Cox's Bazar, la playa de costas ininterrumpidas más larga del mundo. La ironía de un snack callejero bangladesí que solo había tenido la oportunidad de probar en casa en la versión empaquetada para su exportación… al otro lado del mundo. Ese jhalmuri en la playa venía condimentado con todo el «glamur» de una comida callejera que, tristemente, jamás pude volver a reproducir de vuelta a Nueva York, a pesar de las miles de recetas versión street-style que conseguí en YouTube.

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    Un plato «combinado» de ceviche mixto, chicharrón y arroz con mariscos en Lima, Perú. Después de ver Street Food Latin America en Netflix, conocer a Tomás «Toshi» Matsufuji y comer en su restaurante Al Toke Pez, fue sentirme como esa joven adolescente que finalmente conoce a su ídolo K-pop en un concierto en vivo. Lástima que de la emoción se me olvidó tomarme el selfie.

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    Pisca andina. La primera vez que escuché sobre este plato fue cuando el chef Sumito dio la receta en su canal de YouTube. Pero ¿cómo sabes si te salió bien una receta si nunca la has comido? ¿Cuál es tu punto de referencia? Ninguno, solo la imaginación y hacer alquimia de sabores dentro de la cabeza. Probar la pisca andina en suelo merideño por primera vez fue como ver, finalmente, esa famosa obra de la que tanto te hablaron pero que no habías tenido la oportunidad de conocer.

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Nueva York, 24 de noviembre de 2023 
(Ejercicio para el Taller de escritura «Street Food» con Lena Yau)

CHICKEN OVER RICE (#14 de la Serie: Ejercicios de escritura)

Había pasado innumerables veces junto al carrito con el letrero de «halal» de camino al metro sin prestarle mucha atención. Sin embargo, comenzó a darse cuenta que cada vez que cruzaba la calle, un aroma extrañamente familiar permanecía con ella mientras bajaba las escaleras de la estación. Un día, mientras esperaba que cambiara la luz del semáforo, el recuerdo le llegó de golpe. Aún nueva en la gran manzana, no era inusual que la instantaneidad de un sonido, imagen o aroma la transportara de vuelta a alguna memoria en su tierra caribeña. Una vez que el déjà vu se hacía consciente, el disparador del recuerdo se desvanecía como vapor sin darle tiempo a identificarlo. Pero ese día logró ver con una afilada claridad lo que la transportaba de vuelta a esa excursión en el primer año de la universidad a unos pueblos en la costa del oriente venezolano. En todos los pueblos y caseríos que visitaron, los amables y humildes habitantes los recibieron con la comida que mejor rendía para el simpático grupo de estudiantes capitalinos que rara vez veían por esos lados: arroz con pollo. Fue el plato estrella –y en ocasiones único– que les sirvieron en los almuerzos y las cenas durante los cinco días de la travesía. La aparición de esa memoria le nubló los ojos y tuvo que contenerse para no desbordarse en llanto. El aroma que emanaba ese carrito que tantas veces había ignorado la llenaban en ese momento de puro confort y memorias.

    Tomó la iniciativa y pidió un chicken over rice. Difícilmente podría describir con exactitud la orquesta de sabores que experimentó. Recordó el argumento de uno de sus profesores de neurogastronomía que decía que el sabor no existía porque solo era una construcción de la memoria a partir de los elementos externos que acompañan la comida, incluyendo los recuerdos. Quizás tenía razón. Un chef famoso decía que el color amarillo en la comida nos daba la impresión de que tenía un mejor sabor. El arroz del chicken over rice coloreado intensamente con cúrcuma le sabía tan delicioso y reconfortante como el arroz con onoto, el colorante natural típico de su tierra. La mezcla de ajo, comino, limón y cilantro se realzaba cuando el pollo del chicken over rice tocaba la plancha caliente. Ciertamente era una versión más especiada si se comparaba con el arroz con pollo que se cocía en una sola olla arropado con las bondades de un sofrito de ajo, cebolla, tomate y pimentón, más igualmente suculento.

    Han transcurrido dos décadas desde que descubrió el chicken over rice en los carritos halal en el midtown Manhattan, en su mayoría manejados por inmigrantes egipcios, sirios o bangladesíes. La ciudad se ha coloreado con una variopinta afluencia de food trucks y festivales de comida callejera que invitan a locales y a visitantes probar e imaginarse en los lugares más recónditos del planeta ya sea con un momo, una crêpe, una pupusa, o un pollo jerk jamaiquino. Pero para ella, si la hora de la comida la sorprendía en la calle, afinaba sus sentidos para reconocer el característico aroma de su chicken over rice que la transportaba por unos instantes desde su selva de rascacielos a la apacible vida de un pueblo en el oriente venezolano donde se comía un arroz con pollo acompañado por el vaivén de las aguas del mar Caribe.

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Nueva York, 8 de diciembre de 2023 
(Ejercicio para el Taller de escritura «Street Food» con Lena Yau)

REGALO ÚNICO (#13 de la Serie: Ejercicios de escritura)

Lo poco que recordaba cuando despertó fue que se había quedado dormida con una extraña pesadez mientras escuchaba los silbidos y las explosiones de los fuegos artificiales que se apagaban en la distancia. Se quedó observando el arbolito con sus luces palpitantes. Entre las bolas de vidrio rojas y doradas bañadas en escarcha, reconoció un pícaro ángel de cristal que la miraba con curiosidad aunque no recordaba cuándo lo había puesto allí.

De repente, los pasos apresurados de unos pies infantiles que se aproximaban la obligaron a enderezarse y a levantar la cabeza del sillón. 

–¡Llegaste, por fin llegaste!

Unos bracitos tiernos la envolvieron y sintió un aliento familiar que la conmovió. Mientras intentaba ordenar sus pensamientos, una intensa emoción le recorría el cuerpo y un grueso nudo se le formaba en la garganta. Se dejó arropar por el calor de ese pequeño cuerpecito mientras admiraba las dos largas trenzas negras que le caían sobre la espalda. Percibió un tenue aroma a jengibre y canela lo que le hizo recordar las galletas navideñas que había dejado en el horno.

–¡Hija, qué alegría abrazarte de nuevo! –le dijo otra voz que décadas atrás se había perdido en los vericuetos de su memoria. Sintió cómo unas manos amorosas se posaban con delicadeza sobre sus hombros.

–Mami, cuánto te extrañé –le repetía la niña. –¡Abue, Abue, por fin Santa me trajo lo que tanto le pedí!

–Sí, mi amor. Te dije que Santa anda muy ocupado y algunos regalos tardan un poco en llegar. Como te has portado bien y nunca dejaste de escribir, te ha recompensado por tu paciencia.

Ese año, Helena pasaría de nuevo la Navidad con su mamá y Samantha, la hija de la que se había despedido esa mañana del 24 de diciembre antes del fatídico accidente que las separó durante tres cuartos de siglo.

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Querido Santa:


Este año me he portado muy bien. Se lo puedes preguntar a Abue. Como te lo he pedido en todas las cartas anteriores, solo quiero un regalo: volver a abrazar a Mami. Si me lo traes, prometo no pedirte más nada en las navidades del resto de mi vida. Abue dice que tengo que ser paciente. Espero que este año no te olvides de mí.


Con cariño,

Samantha


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Nueva York, 14 de diciembre de 2023 
(Ejercicio para el Taller de escritura «Merry Grinchmas» con Lena Yau)